25 jun. 2010

Cuentos de Fantasia. Ulam (II)


vamurta un mundo de cuentos de fantasia

Segunda parte del cuento de fantasía, "El Canto de Ulam", uno de los relatos fantásticos de Antigua Vamurta.

La primera parte del relato está antes de este post y la segunda, después. ¡Fácil! Dejo los links para acceder.

Enlaces El canto de Ulam, primera parte: 1º parte.
Enlaces El canto de Ulam, tercera parte: 3º parte.


El Canto de Ulam  (segundo fragmento)


cuento
Ulam, música, fantasía.
«El sol del mediodía alcanzó su cenit. Se dio cuenta al abrir los ojos que volvía a sudar. Dejó su pequeño instrumento apoyado en la roca y levantó la cabeza. La miraban entre las encinas que tenía enfrente. Ulam se incorporó de golpe y agarró su flautín como si de una daga se tratara. ¿Qué eran? Antes de que sus piernas empezaran a alejarla de allí sonaron, alegres, las notas de otra flauta. No sabía qué hacer. Se disolvió aquella melodía y de entre aquel grupo brotó un nuevo cántico y otro lo siguió a continuación. Veía ante ella una hilera de seres, de animales cubiertos con túnicas de color tierra y collares de cuero de diferentes gruesos como único atavío. Animales de piernas parecidas a las de los hombres, erguidas. Debía salir corriendo pero la curiosidad la retenía. Las cabezas eran en algo similares a los cráneos de las gacelas meridionales, pero prácticamente carecían de pelo y sus labios eran finos y sonrosados. Se apagaron las flautas y, aún de pie, sin entender muy bien el motivo, Ulam respondió con su flautín. Mientras su música discurría suave como un riachuelo aquellos parecían escucharla, fascinados. ¿O se lo imaginaba así?
Cuando calló, los otros guardaron silencio hasta que uno de ellos la replicó, rompiendo la tensión repentina que sintió Ulam. Los observó un poco más, dándose cuenta de que en algo recordaban a los murrianos que alguna vez había visto pasar cerca de su pueblo, en la frontera. Manos de tres dedos muy anchos, duros, cuerpos alargados y estrechos, unos pocos mechones de cabello negro cayendo hacia atrás, la frente alta. No parecían agresivos ni Ulam vio arma alguna, quizás fueran aquellos de los que se hablaba en la plaza del pueblo, en las noches de verano, cuando los vecinos se reúnen y beben naranjadas para ahuyentar el bochorno. Tras unas breves réplicas, Ulam recordó a su padre y todas las plantas que no había recogido. Hizo un gesto rápido con la mano a modo de despedida y volvió sobre sus pasos, casi corriendo. ¿Los volvería a ver? Nadie parecía seguirla, a sus espaldas le llegaba el tenue murmullo del calor en el follaje. Su cabeza hervía con tantas preguntas, estaba tan excitada que casi no se dio cuenta de que ya había salido del cobijo de la arboleda.
Al llegar a casa juró no decir palabra a nadie, ¿quién la creería?, y menos a su padre, que no la entendería y del susto no la dejaría volver a aquella floresta nunca más. Quizás ahora hubiera encontrado unos que amaban la música como ella, y con quienes no necesitaba hablar. Antes de cruzar la puerta de su casa se preguntó si los seres del bosque sabrían utilizar las palabras. Incluso se preguntó si lo que acababa de vivir no lo habría imaginado. Bebió agua fresca del cántaro y puso patatas y calabacines a hervir. Pronto llegaría su padre del huerto, y llegaría hambriento.

Días después se aventuró de nuevo entre los árboles. Tras recoger un buen puñado de tomillo, se adentró. ¿Cómo volvería a encontrarlos? Tuvo una ocurrencia, era la única forma. Hizo sonar su flautín mientras iba avanzando, sorteando zarzas y matorrales. Pronto oyó a lo lejos unas notas que respondían a sus señales. Había una alegría, un latir, en esa música. Ulam tocó y tocó hasta que las melodías se fueron enlazando entre los árboles y el cielo. De pronto los vio. Se volvió a asustar al ver aquellas cabezas de gacela tan cerca, pero la música hizo que su miedo se fuera disipando.
A ese hallarse siguieron otros, en los que Ulam aprendió a confiar en ellos. A veces eran tres o cuatro, a veces más, hasta diez contó un día. Ya no tocaban separados, se sentaban en círculos, aceptando a la niña. En ocasiones hacían resonar flautines y flautas junto a pequeños tambores, quebrando el silencio agostado del bosque. Cuando Ulam tocaba, los hombres gacela parecían atender, mirándola con sus ojos de agua negra y sus hocicos derechos, hasta que uno repetía las notas y el siguiente las volvía a repetir introduciendo variaciones, marcando un timbre o alargando un pasaje, hasta que el canto de Ulam se transformaba en la voz de muchos, que era la voz de los montes y claros, de los campos al amanecer, del río que murmura en las noches junto al soplo de la brisa que discurre sobre las llanuras.
Su vida continuó con el secreto, aunque a muchos en el pueblo les extrañó que aquella chiquilla de trenzas apelmazadas hubiera aprendido tanto en el intrincado arte de la música.»


Ulam, tercera parte: 3º parte

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23 jun. 2010

Cuento de Fantasia. Ulam (I)

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El Canto de Ulam es un cuento de fantasía puro. Con un toque de cuento juvenil si se quiere. Es literatura fantástica mezclada con mitos arcanos bajo la bóveda de Antigua Vamurta. Si en Un día y Una Noche intenté zambullirme en la mente de una mujer apasionada, Ermessenda, en Ulam pretendo ver el mundo a través de los ojos de una niña. Los pequeños, a veces, resultan fascinantes, pues aún no están muy contaminados por los miedos y manías de los mayores. Y a través de Ulam entrar en lo desconocido, el bosque, la música y, por supuesto, los territorios gobernados por el guardián de los sueños.

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Ulam, un Relato Fantastico.
El Relato lo subo en tres fragmentos, la segunda y tercera parte son los siguientes posts. ¡Fácil!



El Canto de Ulam (primer fragmento)


«—Ulam… Ulam, ¡despiértate! —dijo su padre.
Hasta por la mañana hacía calor ese verano. Oyó el revuelo de las gallinas cuando el viejo cruzó el comedor, en el que también dormían. La luz entraba limpia, muy clara, por la puerta que el hombre había dejado abierta al salir. Ulam bostezó y saltó del camastro, dispuesta a devorar el pan con aceite que le había dejado sobre la mesa. Dio un manotazo a una de esas gallinas atrevidas que había osado acercarse a su desayuno y con la camisola se secó el sudor de la noche. Cuando acabó la comida, salió al patio trasero para saber qué podía esperar de aquel nuevo día. Allí estaba su padre, solo, sentado sobre una gran raíz, arreglando uno de los lazos que de vez en cuando les proporcionaban una sabrosa perdiz de bosque.
—Buenos días —saludó con voz soñolienta.
—Hija, hoy hay que ir al bosque. Casi no nos quedan hierbas.
Era verdad, en la despensa de la casa los ramos de plantas medicinales habían ido desapareciendo, vendidos junto a los huevos y la caza en el mercado de Verdela. Debía volver al bosque a por más. Ulam no se quejó. A sus ocho años bien sabía que sin las monedas del mercado no había bocado en su casa. Y ella era hija única, desde que un mal parto se había llevado junto al dios Onar a su hermano y a su madre, a la que no conseguía recordar.
—¿Podré jugar?
—¿En el bosque? No. Ya sabes lo que se cuenta. —Su padre guardó silencio, sus enormes manos intentaban cerrar un nudo de cuerdas delgadas—. Ya jugarás cuando vuelvas. Y acuérdate de la comida.

Ulam volvió a la choza y se calzó sus duras alpargatas. Había que partir pronto, pensó, pues el calor del mediodía no le gustaba. Cogió su flautín y se despidió de su padre. Atrás quedaron las casas del pueblo, muchas abiertas para dejar pasar el poco aire de aquel verano. Siguió el camino del sur, estrecho y polvoriento. Dejaba la pequeña aldea de casitas de piedra y cal, aplastadas las unas contra las otras como un rebaño de ovejas. Casas de payeses y humildes artesanos del corcho y del vidrio organizados alrededor de la plazoleta del pueblo, en la que sobre la arena se levantaba un sencillo altar a Sira, quien velaba por la bondad de las cosechas.
A su izquierda veía los naranjos cargados de fruta y, a la derecha del camino, los campos de trigo a punto para la siega. Ulam se sentía feliz aquella mañana, para ella el bosque era un laberinto en el que a cada recodo podía hallar un pequeño tesoro. Luego, cuando hubiera recogido suficiente artemisa, hinojo, salvia y con suerte algunos tallos de lavanda, podría volver y preparar la comida. Cuando llegara la tarde, por fin, saldría a buscar a sus amigos para ir a la orilla del río, allí donde los baños alejaban por un tiempo el verano.
Ulam podía oler el bosque, que se extendía hasta donde no llegaba su vista, hacia el sur y hacia el norte, en territorio murriano. Un enorme bosque de pino y encinas, de matojos duros y suaves lomas de laderas gastadas que hacían que la arboleda pareciese, vista desde lejos, un mar dormido.
Entró, empezando a recorrer sus cámaras invisibles a la búsqueda de hinojo. Al abrigo de las encinas, el sol era clemente. Brisas surgidas de la nada recorrían su húmeda piel gris, refrescándola. Anduvo de aquí a allí, dando tumbos, pendiente de entrever las llamas lilas y amarillas de las flores sobre el manto aguado de los matorrales. Cerca de un pino viejo consiguió un ramillete de artemisia, pero aquel día la suerte le era esquiva. A media mañana, con el sol alto filtrándose entre los ropajes de los árboles, apenas había reunido unos pocos tallos. Se había aventurado lejos de los confines de la fronda y no sabía exactamente dónde se hallaba, aunque resultaba claro cómo volver a casa, siguiendo el camino opuesto al sol. Cansada de tanto andar, se sentó sobre una roca que irrumpía desnuda desde el suelo. Miró a su alrededor, dejando vagar su mirada entre ese ejército mudo de troncos rectos y brazos abiertos de un verde oliváceo. Acercó el flautín a sus labios, mojando un poco la madera seca. Las primeras notas se elevaron suaves entre las hojas, perdiéndose en el corazón del bosque. Tocó, hizo que la caña de su flauta vibrara con dulzura, tocó, enlazando las melodías que se sucedían unas tras otras hasta que el tiempo desapareció a su alrededor.»


Ulam, segunda parte: 2º parte.
Ulam, tercera parte:  3º parte.

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17 jun. 2010

En tierra hostil y Avatar

cine bélico
No es un buzo, es un artificiero.
¿Por qué Avatar no ganó los Oscar? Porque los Oscar importantes se los dieron a “En Tierra Hostil”. Y esto es realmente gravísimo.

Sin duda Avatar merecía los grandes Oscar, a pesar de su argumento pueril, por ser un antes y un después en la historia del cine y por el increíble festín de sus imágenes. Y se los llevó The hurt locker, un elaboradísimo film de propaganda de guerra, pues no es más que eso. Técnicamente brillante, con guionistas competentes, la película es en sí misma un perfecto artefacto de relojería cinematográfica que esconde un mensaje cubierto con lona de camuflaje: las guerras exteriores norteamericanas sí tienen sentido y sus soldados son héroes (y tú, muchacho, deberías estar allí).

Pues desde una estética realista (no así en sus acciones, los soldados americanos son muy profesionales), En tierra hostil cuenta las andanzas de un grupo de artificieros en Irak sin esconder aparentemente las contradicciones de la guerra, dibujando personajes bien trazados y perfilando un nuevo tipo de héroe: anónimo, humano y cercano, y en eso la película sí resulta interesante.

Pero tras su supuesta verdad, la obra respira el clásico cine de propaganda adaptado a los nuevos tiempos. Lejos quedan los mitos y los moldes, como Burt Lancaster, Charlton Heston o incluso Gary Cooper, tan solitario, ¡y es que ni siquiera hay submarinos rosas como el de Cary Grant y Tony Curtis! En la película hay un tipo de alma pequeña como la de cualquier hijo de vecino, de fácil identificación. Ese sargento, por su forma de vivir, podría ser yo. El héroe es un cualquiera, nos cuenta la peli.
Destacar un par de escenas tras las que se esconden actores de talento: la del comandante y la de los mercenarios (¿una puya a Blackwater?).

Senderos de Gloria.
Tras muchos años pululando por el planeta, como un abejorro que salta de flor en flor fílmica, sigo sosteniendo que la mejor película bélica de la historia es “Senderos de Gloria”, aunque me falta posarme entre los pétalos sangrientos de “Sin novedad en le frente” (¡gran novela!).

Pero dejáme bucear para tocar el fondo de la piscina. Hacia el final de la película, el soldado está en casa, con su mujer perdida en la cocina, y le espeta: «Un mercado de Irak. Llega un camión que reparte caramelos, se acercan los niños y con ellos sus familias. Explota. 59 muertos. Necesitan más técnicos en explosivos». Y éste es su sino. Pero, soldado, antes de que tú llegaras no habían bombas. ¿A quién sigues? ¿A tu bandera? No, soldado, sigues al dólar.

Y en consecuencia, paso de poner un vídeo de la película, prefiero esta bonita canción.


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11 jun. 2010

Ted Hughes. Cartas de Cumpleaños

Sylvia Plath y Ted Hughes
Sylvia Plath y Ted Hughes.  Los días felices.
¿Qué se puede decir de uno de los mejores libros de poesía que he leído jamás? El tiempo a veces tiene sus juegos extraños, como el otro día, que al abrir las “Cartas de Cumpleaños” encontré una nota escrita años atrás en el alucinante poemario de Ted Hughes, que luego os transcribo como pequeño homenaje.

Pero antes decir que los poemas de Birthday Letters versan sobre los seis años de matrimonio, de la vida de dos jóvenes poetas, de la locura, de los momentos felices, del arte, los celos y del suicidio de su esposa, la poetisa norteamericana Sylvia Plath. Vida y Arte.

Por suerte, hoy el libro de Cartas de Cumpleaños está disponible en papel, en una edición de primera, y también como ebook en PDF, ePUB y demás formatos.

Dice Xoán Abeleira, en El Azor en el Páramo: «Mas Hughes "el monolito" sobrevivió a todo: a las muertes de sus amores, al crédito y al descrédito, al cáncer de la enfermedad y al cáncer de la sociedad. Y, justo antes de despedirse, volvió a erguir la cabeza, y no con un gesto desafiante, sino "con una compasión infatigable como el amanecer". ¿Qué poeta llega  a la vejez inventando una nueva manera de escribir poemas de amor y de traducir los clásicos? ¿Qué artista concluye su vida con la misma originalidad, con la misma temeridad que demostró en su juventud?»
                                     
cartas cumpleanos
Y es que Hughes debió sufrir toda su vida la condena, el estigma de ser causante de la muerte de su esposa a los 31 años, según algunos, como algunas asociaciones feministas, tras abandonar el matrimonio por su relación con la poeta Assia Wevill, que a su vez también se suicidó junto a la hija de ambos, con el mismo método que Sylvia. Terrible y disculpad la anotación, que realmente ayuda a situar el poemario. Resulta difícil comprender cómo Ted pudo seguir adelante. «Es difícil hallar un creador que recibiera tantos ataques, que despertara tanta aversión en buena parte de su ámbito. Librerías, bibliotecas y editoriales de todo el mundo rechazaron sus libros. Algunas universidades se negaron a incluirlo en sus planes de estudios (...), la gente borraba su apellido de la tumba de su esposa, la escritora Sylvia Plath, de cuya muerte lo culpaban», recuerda Abeleria en el Azor en el páramo, fantástico libro sobre Ted Hughes.


Dejo por estas latitudes el poema Chaucer. Uno de los que me llevaré a la tumba. Sylvia Plath recitando a un grupo de vacas.

Chaucer
“Whan that Aprille with his shoures soote
The droghte of March hath perced to the roote…”

A viva voz, encaramada encima de la pirca,
los brazos levantados –un poco por el equilibrio, un poco
por sujetar las riendas de la atención del público imaginario–
le recitaste Chaucer a un potrero de vacas. Entre el cielo
primaveral, fragante, y el esmeralda nuevo
de los espinos, los crataegus y endrinos,
un arrebato del champange de tu espíritu puro.
Avanzaba tu voz por los potreros hacia el este,
perdiéndose. Pero las vacas te miraban
y se acercaron, les gustaba Chaucer.
Seguiste recitando y recitando. Te parecía
muy bien recitar Chaucer en el campo. Y llegaste
a la Viuda de Bath, tu personaje preferido
de toda la literatura. Estabas como en éxtasis.
Las vacas te rodearon arrobadas, empujándose,
para mirar tu cara, con bufidos
de admiración, atónitas, atentas,
moviendo las orejas para captar mejor
los mínimos matices, a dos metros,
con temor reverente. No podías creerlo. Y no podías
dejar de recitar. ¿Qué iba a pasar
si te callabas? ¿Te atacarían asustadas
por el silencio súbito, pidiendo más? Seguiste.
Y te miraban veinte vacas hipnotizadas.
¿Cuándo fue que dejaste de recitar? No lo recuerdo.
Supongo que las vacas se fueron tambaleándose,
los ojos dando vueltas, como si las atrajesen
con su ración de comida. Quizá
las alejé yo mismo. Pero
tu alta interpretación de Chaucerera ya eterna. Lo que pasó despuésencontró mi atención demasiado ocupaday cayó en el olvido.


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Decir que me parece increíble ir a dormir, noche tras noche, con uno de los mejores libros de poesía de todos los tiempos bajo la almohada y no publicarlo hasta estar ante las puertas de la muerte. Ted guardó silencio ante todas las acusaciones. Calló, perseverante, desertando de su condición de actor en el drama, quizás recordando que la vida está formada de muchas otras cosas además de la rabia. El libro de poesías Cartas de Cumpleaños está ahí, para quien quiera leerlo.

Era el primer melocotón fresco que probaba. /// It was the first fresh peach I had ever tasted.
Me costó darme cuenta de cuán delicioso era. /// I could hardly belive how delicious.
A mis veinticinco años estaba anonadado otra vez /// At twenty-five I was dumbfounded afresh
ante mi ignorancia de las cosas más sencillas. /// By my ignorante of the simplest things.

Tras leer esta colección de poemas, uno acaba por entender cosas que ni tan siquiera se había planteado y están ahí, remotas, sutiles, paseando por los prados fantasmales de la mente. Algunas poesías son fuertes, otras duras o terriblemente densas, incluso las hay muy divertidas a momentos. Uno de los movimientos más conocidos del libro es 18 Rugby Street, del que dejo un trozo:

Caminamos hacia el sur atravesando Londres hasta Fetter Lane
y tu hotel. Frente a la entrada
en el lugar donde cayó una bomba, ahora en edificación
nos agarramos aturdidos
para protegernos y nos metimos juntos en un barril
por una especie de Niagra. Mientras caíamos
en un estruendo de alma tu cicatriz me contó
–como contraseña o nombre secreto–
cómo habías intentado matarte. Y oí
sin dejar ni un momento de besarte
como si lo susurrase una estrella serena
sobre la ciudad que giraba retumbando: Mantente lejos.

Una estrella cobarde. No recuerdo
como llegué de contrabando, enrollado a ti,
dentro de tu hotel. Allí estábamos.
Eras tan delgada y suave y ágil como un pez.
Eras un mundo nuevo. Mi nuevo mundo.
Así que esto es América, me maravillé.
¡Qué bella, qué hermosa es América!

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Las decenas de impactantes piezas de Birthday Letters mantienen un vuelo de águila real, constante y majestuoso. Y son de una gran belleza. La belleza y la emoción, una pareja que siempre parecen estar temblando, a punto de desvanecerse e ir a otra parte.

Ted Hughes era un poeta ya famoso y laureado antes de “Birthday Letters”. Muy conocido por sus poemas de animales, bestias vistas por su lado totémico y simbólico. También hay algo de eso en el poemario, como en este fragmento de Tótem:

Otras veces, a un lado, el pájaro azul de los ocho años.
Pero, sobre todo, corazones. O un sencillo corazón rojo.(...)
Pero cuando te arrastrabas buscando seguridad
al seno de tu Ángel de la Guarda
hallabas a tu Demonio Familiar. Como un posesivo
pez-madre, demasiado ansioso por protegerte,
te devoró.

Ahora todo lo que la gente encuentra
es tu libro color de corazón – la máscara vacía
de tu Genio.
La máscara
de quien, abriendo los brazos para envolverte,
te devoró.

Los corazoncitos que pintaste en todo
permanecen, como rastro de tu pánico.
Lo que la herida salpicó.

La huella
de quien te capturó y te devoró sin duda.

El crítico Derek Walcott, en La voz del crepúsculo, afirmó: «La fama de Ted Hughes acaso esté en declive, pues hoy se prefiere un verso minucioso, realista, una suerte de sociología elegíaca , una crónica ordinaria de lo ordinario. Su poesía es solitaria y remota. Las torres y las piedras hieráticas están pasadas de moda (...) Hughes confirió a la poesía una dureza insoportable, un rostro de medusa que paralizó la cháchara que hoy pasa por crítica de oficio.


Ted Hughes y Sylvia Plath
Una foto divertida de los dos poetas.

En esa nota que dejé, manchada de vejez, que hoy no acabo de entender, leí:
“La poesía de Ted Hughes, como una alta ola, me revuelca en agua y arena. No la controlo, me espera, allí en la orilla. Leo sus poemas uno a uno, cogiendo aire al terminarlos, agarrado a una baldosa de silencio.
Pido que leáis Ted Hughes, pero no todos sus poemas”.

Recientemente, ha salido publicada "La última carta", que no forma parte de esta antología. Aquí la dejo, el poema traducido al español. Es el giro del gran giro que son estas Cartas de Cumpleaños de Ted Hughes, uno de los más grandes poetas de todos los tiempos.
 
La Última Carta

¿Qué ocurrió aquella noche? Aquella última noche
En que todo fue expuesto dos veces,
Tres. Te vi viva por última vez
Al caer la tarde del viernes
Quemando en el cenicero con una extraña sonrisa
Esa última carta a mí. ¿Había yo estropeado tus planes?
¿O me había sorprendido antes de lo que tenías previsto?
Una hora más tarde y ya te habrías marchado
Donde yo no pudiese encontrarte.
Yo, con tu carta en la mano,
Un rayo que no podía llegar a la tierra,
Me habría alejado de tu puerta cerrada y roja
Que ya nadie abriría.
Eso para mí
Hubiera sido un tratamiento de choque
Que se repetiría una vez y otra, todo el fin de semana,
Cuando la leyera o simplemente al pensarla.
Eso hubiera ordenado mis pensamiento y mi vida.
El tratamiento que planeabas necesitaba tiempo.
No puedo imaginarme cómo
Hubiera podido soportar ese fin de semana.
No puedo imaginarlo. ¿Lo tenías ya todo planeado?

Tu nota me llegó demasiado pronto. Ese mismo día,
Viernes en la tarde y la habías mandado en la mañana.
La adelantaron los demonios que siempre prevalecen.
Esa fue una más de las pajas de la mala suerte
Que contra ti quiso poner el servicio postal
Y que se añadió a tu carga. Salí rápido por entre la nieve
Ya azulada en Febrero. Anochecía en Londres.
Lloré de alivio cuando abriste la puerta.
Mil y un acertijos a solucionar. Lágrimas precoces
Que no pude interpretar, que fracasaron al comunicar
Su verdadera importancia. Pero lo que dijiste,
Sobre las cenizas aún humeantes de esa carta
Destruida con tanto cuidado, con tanta calma,
Me dejó dejarte, marcharme
Para que quitaras las cenizas de tu plan, del cenicero
En el que apoyaste para que yo leyera
El número de teléfono del doctor.
Mi huida
Se había convertido en un hechizo,
Desesperanzado e insomne, con todos sus sueños gastados,
Y yo sólo quería volver a capturarlos, sólo quería
Caer en algún sitio fuera de ese vacío.
Dos días de no hacer nada. Dos días gratis.
Dos días sin calendario y robados
De un mundo sin nombre
Más allá de lo del día, de sentimientos y de nombres.

El amor de mi vida lo agarró. El desmayado amor de mi vida
Con sus dos agujas locas,
Esas que tejían su rosa, esas que atravesaban y anudaban
En el tapete su tatuaje sangriento
En algún sitio y adentro de mí,
Anudando ese embrollo blasonado,
Dos agujas locas, pespuntando sus pespuntes,
Eligiendo
De mis nervios sus colores,
Rehaciéndose adentro de mi piel, rehaciéndose
La una a la otra como una caricatura.

Su obsesionado entrar y salir. Dos mujeres
Cada una con una aguja.

Esa noche
Mi Susan de De la Robbia. Me moví
Con la circunspección
De una llama en la mecha. Toda mi furia
Era un esfuerzo abandonado de volar
El viejo globo sobre el que las sombras doblaban
Mi delator rastro de ceniza. Corrí
De un lado a otro, corrí mirando atrás, una película al revés.
¿Corrí hacia dónde? Fuimos a Rugby Street
Donde tú y yo comenzamos.
¿Por qué fuimos allí? ¿De todos los lugares donde pudimos ir,
Por qué fuimos allí? La perversidad
En el arte de nuestro destino
Ajustó sus refinamientos para ti, para mí,
Para Susan. Un solitario
Que jugaba a ser el minotauro de ese laberinto
Que incluía hasta a Helena en la planta baja.
Tú te habías fijado en ella: una chica para un cuento.
Nunca la conociste. Pocos la conocieron
Si no era a través de los oídos y la máscara hambrienta
De su perro alsaciano. Tú ni siquiera la habías visto.
Tú tan solo te encogías
Cuando el demente animal se impactaba contra la puerta
Mientras atravesábamos el pasillo
Y la oíamos ahogarse en un infinito odio alemán.

Aquel sábado en la noche abrió su puerta
Apenas unos centímetros.
Susan se encontró con sus ojos negros, con el triste
Sobrepeso y la cara amorosa que se veía
Al otro lado de la cadena. Se cerró la puerta.
La oímos consolar al carcelero en su celda,
En su guarida, esa en la que apenas unos días después,
Lo ahogaría en gas, se ahogaría ella misma.

Susan y yo pasamos esa noche
En la cama de nuestra primera noche. No lo había vuelto a ver
Desde que nos tumbamos en ella la noche de bodas.
No me la llevé a mi propia cama.
Se me ocurrió que con el fin de semana
Pudieras aparecer en una visita sorpresa.
¿Apareciste para tocar en mi ventana oscura?
Por eso me quedé con Susan escondiéndome de ti
En nuestro lecho conyugal, el mismo
Del que en tres años se la llevarían a morir
Al mismo hospital en el que,
En doce horas,
Yo te encontraría muerta.
El lunes en la mañana
La llevé al trabajo, a la City
Y después estacioné el auto al norte de Euston Road
Y volví a donde mi teléfono me esperaba.

Lo que pasó esa noche, en tus horas,
Nadie lo sabe, como si nunca hubiera ocurrido.
La acumulación de toda tu vida,
Como en un esfuerzo inconsciente, como en el nacimiento
Que pasa lento, que atraviesa la membrana de un segundo
Hasta el siguiente, ocurrió
Sólo como si no pudiese ocurrir,
Como si no estuviera ocurriendo. ¿Cuántas veces sonó
En mi habitación vacía el teléfono
Contigo en el tuyo oyendo el tono
Y a ambos lados una memoria que se desvanece
De un teléfono sonando
En una mente que ya estaba muerta.
Cuento las veces que fuiste hasta la cabina
Al final de Saint George.
Ahí estás siempre que miro, apenas
A la salida de Fitzroy Road, cruzando
Entre los montículos de azúcar sucio.
Con tu largo abrigo negro,
Con la coleta a tus espaldas,
Con tu andar que no se mueve ni despierta
Y nadie más anda,
Andando por las escaleras de Primrose Hill
Hacia la cabina de teléfono a la que nunca llegas.
Antes de medianoche. Después. Otra vez
Y otra y otra vez. Y, ya cerca del alba, otra.

¿En qué posición de las manecillas de mi reloj hiciste
Tu último intento,
Ya más allá de mí capacidad de escucharlo
Y agitaste la almohada
De esa cama vacía? ¿Una última vez
Que rozó apenas mis papeles y mis libros?
Cuando llegué el teléfono ya estaba dormido.
La almohada inocente. Dormía mi habitación
Henchida de la nevada luz matutina.
Encendí el fuego y saqué los papeles.
Y apenas había comenzado a escribir cuando el teléfono
Se despertó como alarmado,
Como recordando todo. Tomó vida de nuevo en mi mano.
Y después, como un arma elegida cuidadosamente
O como una inyección,
Depositó con frialdad sus cuatro palabras
En lo más profundo de mi oído: “Su esposa ha muerto”.


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8 jun. 2010

El Secreto de los Dioses Olvidados.

portada secreto dioses olvidados
Una portada casi metálica.
Al alcanzar la página 30 del libro de Rafael González mi cabeza hizo “click”, con lo que supe que ya no soltaría la novela «El Secreto de los Dioses Olvidados» (Grupo Ajec).

Dice el autor que su función es “entretener”, y vaya si lo consigue, pero a mi juicio consigue también algo más valioso, hacer volar la imaginación. Pocas veces he encontrado en un mismo libro tantos géneros mezclados (de eso te das cuenta después) sin que chirríen y sin que unos devoren a otros, como a veces sucede.

Y es que el texto funde viejas mitologías, clásica ciencia-ficción (¡vista desde el futuro!), falsa novela histórica y literatura fantástica salpicada de espías y gotitas de género negro. Todo, al servicio de la narración.

A pesar de que su arranque pueda parecer convencional, pronto la historia se bifurca y se vuelve a bifurcar para hacer descender al lector en los laberintos del mundo creado por Rafael, donde casi nada permanece mucho tiempo en el mismo sitio.
Como comentarios totalmente subjetivos, decir que me enamoré de uno de los personajes secundarios, que al final no tiene tanto peso en la estructura narrativa y que he disfrutado como un bellaco con ese mapa de Europa en el que los Imperios Centrales han engullido casi toda la superficie del Continente, manchando la cartografía con káiseres, restos de ejércitos bolcheviques, zaristas, austriacos, etc., ¡uaau!!

Hay muchos mundos posibles y uno de ellos, vibrante y distinto pertenece, por méritos y por derecho propio, al Secreto de los Dioses Olvidados.
La novela de Rafael González

Ficha Técnica:
Título: El Secreto de los Dioses Olvidados
Autor: Rafael González
Diseño e Ilustración de Cubierta: CalderonStudio
Precio: 15,15 Euros
Tamaño: 23x16 Cm
Páginas: 256
Isbn: 978-84-96013-73-5

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3 jun. 2010

George Friedman y el mundo

Friedman and the world
Sí, este es George Friedman.
Me gustan las ideas, los pensamientos y me interesa la geoestrategia, que es algo así como intentar entender el mundo que nos llega y, bola de cristal en mano, atreverse a vislumbrar las próximas oscilaciones del planeta. Un oleaje que se intensifica.

En el libro “Los próximos años”, Friedman lo ha hecho. George es un chistoso, un politólogo gracioso, aunque quizás él no sea del todo consciente de ello. Presidente de Stratfor (http://www.stratfor.com/), un think tank considerado como una CIA en la sombra, en su ensayo se traza un posible futuro.

Aunque no he leído el libro sí sigo a este tejano. Me relaja. Muy chocantes son sus opiniones, algunas creo que sinceras otras guiadas por su parcialidad, siempre interesantes. Considera que Europa ha llegado al fin de su ciclo como un anciano que se dirige a su tumba, cree que el siglo XXI seguirá siendo americano, por el carácter bárbaro, expansivo, dinámico de los USA. Y cree que China jamás será una amenaza y lo demuestra con una aritmética en principio apabullante.

Realmente vale la pena leer a Friedman. Apunta a que la guerra contra Al Qaeda será un pequeño episodio de principios de siglo, rápidamente olvidado por otros mayores, como lo fue la guerra de los boers para el pasado siglo.

Como lo serán la fragmentación de China hacia el 2020, el derrumbamiento de Rusia (no estoy de acuerdo), una nueva guerra mundial hacia el 2050 con EEUU (vencedor), Japón, Turquía y Polonia y un fin de siglo (2100, ya estaré bastante muerto) marcado por un nuevo conflicto por el dominio de Norteamérica, que ha vivido una guerra civil (sí es posible), entre lo que queda de EEUU y México, la nueva potencia regional. Como veis, hay mucho de dados lanzados al aire, aunque comparto con Friedman que el siglo XXI o gran parte de, seguirá siendo norteamericano.

bola
Sólo me cabe añadir que según mis propios vaticinios, el Nobel de Literatura del 2012 será para mi vecino del tercero, que es un tipo delgado, callado y muy trabajador, con pinta de escritor.

Aunque Friedman me obliga a reír, cuando en una entrevista en La Vanguardia, dice, “los europeos nos necesitan más a nosotros (USA) que nosotros a ellos. Pero, como en todo buen divorcio, te marchas pensando: «Lo lamentará»”.

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